– El calendario romano. Breve acercamiento a nuestra actual forma de medir el tiempo.

¿No es el calendario uno de los elementos de uso más común y más necesario en una sociedad? ¿Cómo se explica que tengamos un calendario cuyos orígenes -nombres y organización- se remontan a hace más de 2000 años? ¿Somos conscientes de que diariamente hacemos referencia a deidades extintas y personajes históricos del mundo romano?

La ciudad de Roma fue fundada sobre 7 colinas hace más de 2700 años. En la leyenda sobre su fundación intervienen dos gemelos -uno de ellos le da el nombre a la ciudad- hijos de un dios y una virgen, que fueron criados por una loba y que luego de una compleja historia de sangre, fratricidio, batallas y robos consiguieron establecer un pueblo que se convertiría en una de las mayores civilizaciones de la historia, cuna de toda la latinidad. Uno de los gemelos, Rómulo, se convirtió en el primer rey de la recién conformada ciudad y se propuso establecer una serie de normas y leyes que permitieran el florecimiento y la vida en comunidad de los ciudadanos. Una de sus primeras medidas fue organizar un sistema que permitiera medir el tiempo en la ciudad, regulara las fechas para la celebración de los rituales y los sacrificios, e informara sobre los tiempos de cultivo y de combate. Imitando a las ciudades itálicas vecinas, Roma adoptó un sistema basado en los ciclos lunares y con el tiempo lo denominó calendarium.

Fragmento del mes de abril en los Fasti Praestini ubicados en el Palazzo Massimo alle Terme. Créditos: © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons / CC-BY 2.5

La palabra latina calendarium, término con el que los romanos se referían también a los libros de contabilidad, tiene su origen en el término calenda -kalendae- usado para designar el primer día de cada mes -cada luna nueva-, momento en que se producía el pago de cuentas e impuestos. El calendario romano estaba conformado por unidades denominadas mensis -meses-, palabra que tiene su origen en la raíz latina men y que significa “luna”. El periodo del mes romano era entonces un lapso aproximado de tiempo en el que se producía la aparición de la próxima luna nueva. El año de Roma comenzaba su medición en marzo -principio de tareas agrícolas y militares- y contaba 10 meses de 30 días. Al final, el calendario necesitaba de un periodo de aproximadamente 50 días para ajustarse al equinoccio de primavera y recomenzar el nuevo ciclo.

El primer mes del año era martius -marzo-, dedicado a la deidad romana Marte –mars- quien es erróneamente presentado como un equivalente del Ares griego. La figura de Marte, como una deidad puramente itálica -quizás su origen sea etrusco-, estaba relacionada con el mundo ctónico, la tierra, el cultivo y la guerra[1]. Un claro reflejo de la naturaleza dual con la que surgió la ciudad de Roma, refugio de agricultores y de guerreros. El nombre del siguiente mes, aprilis ­­­-abril[2]-, hacía referencia a la primavera y a la ‘apertura’ –apriis, aprire, abrir en español-   de las flores durante este periodo. El mes de mayo –maius- debe su nombre a la diosa Maya -Maia- patrona de la primavera y la fertilidad, y cuya figura se entremezcla en las festividades romanas con la de la Bona Dea. En el caso de junio, el mes toma el nombre de la deidad Juno, esposa de Júpiter y representación de la maternidad y del hogar en el mundo romano. Los meses siguientes fueron nombrados debido a la posición que ocupaban dentro del calendario. Estos serían: quintilis -el quinto mes-, sextilis -sexto-, september, october, november y december. No deja de ser curioso el hecho de que los romanos, habiendo nombrado todos los primeros meses en honor de algunas de sus deidades, dejaran estos últimos con un nombre genérico y sin contenido simbólico y mitológico alguno.

Numa Pompilio recibe de la ninfa Egeria las leyes de Roma. Felice Giani. 1806. Créditos: Wikimedia Commons.

El rey que sucedió a Rómulo fue el sabino Numa Pompilio, hombre al que la tradición refiere como sumamente piadoso y religioso, el último gran artífice de las leyes romanas. Este modificó la duración de los meses, que ahora alternaban entre 29 y 31 días, y añadió dos meses más al final del calendario -que suplían el periodo de ajuste anteriormente mencionado-. Los nuevos meses, Ianurius y Februarius, estaban dedicados a Jano, deidad de los inicios y los finales[3], y a Februus o Februo, deidad de los muertos y de la purificación, respectivamente. Sin embargo, las modificaciones realizadas por el rey sabino no lograron solucionar el desfase[4] del calendario con el ciclo estacional, y para el siglo I a.e.c fue necesario un nuevo ajuste que arreglara los problemas.  Finalmente  fue con la reforma de Julio César y del brillante astrónomo Sosígenes de Alejandría que parte del desfase llegó a solucionarse, y se consolidó un calendario mucho más similar al que conocemos hoy en día. Sosígenes adaptó el calendario romano a la duración de un calendario solar, para lo que modificó la duración de los meses de forma que pudieran acoplarse a un año de 365 días, con un día más cada 4 años que se agregaría en febrero y que daría origen al término “año bisiesto”[5]. El calendario juliano solo consiguió establecerse realmente bajo el gobierno de Augusto, el primer emperador.

Archivo:Statue-Augustus.jpg

Estatua del emperador Augusto ubicada en el Museo Vaticano. Créditos: Wikimedia Commons.

El nombre del mes de nacimiento de Julio César, quintilis, fue modificado por el senado luego del asesinato de este, como un intento de honrar su memoria y la de la familia Iulia, que según la leyenda era descendiente directa del troyano Eneas. Tiempo después, se realizó lo mismo con el nombre del mes en que falleció Augusto, el senado optó por modificar su nombre y denominarlo agosto. La organización y los meses del calendario quedarían entonces justo como ahora los conocemos, fruto de una historia mezclada con el mito y de la constante lucha por acomodarse a los tiempos de la naturaleza. A diario, en nuestras conversaciones cotidianas hacemos entonces una constante referencia a nuestra enorme deuda con el mundo romano.

Anexo: Propuesta para usar el Ad Urbe Condita en lugar de nuestro impreciso y excluyente “Antes de Cristo”.

Si ya tenemos todo un sistema para medir el tiempo basado en la antigua civilización romana, si la gran mayoría de los continentes y regiones del mundo basan sus nombres en los recuerdos de Roma, si aceptamos que ella es una parte fundamental de toda la conformación socio-histórica del mundo latino, ¿porque no desempolvar su sistema para medir el paso de los años?. Aquel Ad Urbe Condita sobre el que Dionisio el Exiguo -apelativo que le queda perfecto, porque su sistema es insuficiente- elaboró el calculo para datar el nacimiento de Cristo y partir la historia en dos. Fuera del problema que plantea la inexistencia de un año 0 que separe el “antes de Cristo” del “después de Cristo”, o del hecho de que el bueno de Dionisio se equivocó a la hora de realizar el cálculo y movió unos cuantos años el nacimiento de la deidad cristiana, nuestro calendario actual es -a modo personal- sumamente excluyente y nocivo, obligando a la continua mención de una religión y de una figura -real o no real- con la que muchos actualmente no tienen relación alguna. En nuestra época actual, donde la confesión religiosa de una persona no es causante de segregación y discriminación, se debería pensar en una forma de medir el paso de los años mucho más adecuada. Proponer el regreso al modelo romano Ad Urbe Condita (a.U.c), término que traduce “desde la fundación de la ciudad”, en el que se empezaron a calcular los años a partir de la fundación de la ciudad de las 7 colinas -753 a.e.c- y cuyo uso fue extendido hasta principios de la Edad Media. Vale la pena tratar de quitarle el monopolio del tiempo en el mundo occidental a una religión que no lo representa en su totalidad.

[1] Recuérdese las invocaciones de Catón el Viejo en su Sobre la agricultura que empiezan y terminan con la fórmula: “Padre Marte”, a la vez que se pide la protección de las familias y el favor en las cosechas.

[2] Otras versiones apuntan a una relación entre la diosa Venus y el mes de abril, debido a la similitud que existe entre el nombre del mes y la palabra aphros “espuma”, que haría referencia al nacimiento de dicha deidad.

[3] Existen algunas controversias sobre la posición del mes de enero –Ianurius- en el calendario de Numa Pompilio. Mientras algunos lo sitúan al final del calendario, otros académicos arguyen que debía ubicarse en el principio del año, dado el simbolismo de la deidad, y la posibilidad que otorgaban estos dos meses adicionales -enero y febrero- para la preparación de las campañas militares que comenzaban en marzo.

[4] Tito Livio refiere que Numa Pompilio y su Colegio de Pontífices tuvieron que agregar meses intercalares -de duración aproximada de 20 días- para arreglar momentáneamente la situación.

[5] En latín el día agregado entre el 24 y el 25 de febrero se llamaba de la siguiente manera: bis dies sextus ante calendas Martias. 

Para saber más:

http://penelope.uchicago.edu/~grout/encyclopaedia_romana/calendar/romancalendar.html

https://en.wikipedia.org/wiki/Roman_calendar

https://www.ecured.cu/Calendario_romano

Bibliografía:

Lippincott, Kristen. El tiempo a través del tiempo. Barcelona: Grijalbo. 2000.

Le Goff, Jacques. El orden de la memoria. El tiempo como imaginario. Barcelona: Paidós. 1991.

Livio, Tito. Historia de Roma desde su fundación. Madrid: Gredos. 2000.

Cook, Michael. Una breve historia de la humanidad. Barcelona: Antoni Bosch. 2012.

Plutarco. Vidas paralelas, vol. I. Madrid: Gredos. 1985.

 

 

 

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