Buscando “pegotes” en el universo

La vida, tal y como la conocemos hasta el día de hoy, ha sido el resultado de una historia en particular que, a través de más de 4 mil millones de años, fue próspera, modificada, casi eliminada y resurgida en una cantidad inimaginable de situaciones. Si tuviéramos una cancha de fútbol como referencia de toda la biodiversidad que ha existido en el planeta, tan solo dos áreas distantes entre sí de menos de 1m2 en su interior, sería la evidencia que tenemos para reconstruir esta historia y preguntarnos cómo surgió la vida. Por esta razón, cuando se pregunta a los biólogos “¿qué es la vida?”, es común que entren en conflictos conceptuales, filosóficos o incluso, lingüísticos. Pero lo que sí es seguro es que la vida fue una suerte y las condiciones donde surgieron, se desarrollaron y se establecieron los primeros organismos han cambiado tan drásticamente, que las formas de vida también han tenido que hacerlo. Los registros fósiles son una muestra de ello y siempre han deslumbrado las mentes más creativas a través de la historia. Una característica sin igual de la vida es que es como un “pegote”, en palabras del astrónomo Jorge Zuluaga; si alguna vez existió en algún lugar del universo, lo más probable es que encontremos su huella, pero encontrarla hoy en día todavía es un desafío. Como solo conocemos la vida en nuestro planeta, los astrónomos buscan planetas similares a la Tierra teniendo en cuenta la distancia a su estrella (el sol en nuestro caso), la probabilidad de formación de una atmósfera y temperaturas que favorezcan la presencia de agua en estado líquido en su superficie. Este conjunto de características recibe el nombre de “zona habitable”.

Desde hace varios años se ha estudiado una estrella enana ultra fría (similar al tamaño de Júpiter) ubicada a 40 años luz, la cual hace parte de un “exótico sistema planetario”1 llamado Trappist-1 (imagen 1), apenas conocido desde el 2015. Un par de años después, a partir de los eclipses sucedidos por el paso los planetas ante la estrella, se realizaron estudios acerca de la composición y tamaño de sus atmósferas2. Al parecer, seis de los siete planetas (b, c, d, e, f y g) no poseen grandes atmósferas y tampoco son ricas en hidrógeno, indicando que probablemente poseen atmósferas compactas parecidas a las de Venus y la Tierra. El planeta “d” por su parte es muy caliente para tener agua en estado líquido en su superficie y los planetas e, f y g se encuentran en la zona habitable de ese sistema solar. Hasta el momento, lo único que se puede afirmar del planeta “h”, es que se necesitan más datos sobre él. El resto de afirmaciones relacionadas con la existencia de vida en alguno de los planetas son sólo vagas predicciones. Sin embargo, la importancia de estos descubrimientos radica en que la posibilidad de encontrar alguna manifestación de vida en desarrollo o ya establecida aumenta con cada planeta, pero hay que tener claro que la historia de la Tierra es única en el universo, por lo tanto, las formas de vida que la habitan también lo deberían ser.

CapturaImagen 1. Ilustración artística, a partir de los datos disponibles del diámetro, la masa y la distancia de cada uno de los planetas. febrero de 2018. Créditos: NASA / JPL-Caltech

Una gran mentira acerca del descubrimiento de Trappist-1 es la visita o el establecimiento de humanos en tiempos futuros de crisis planetaria. Visitar este sistema solar para comprobar la existencia de vida es imposible. Si se quisiera llegar a él se tendría que fabricar una nave que pudiera trasladarse a una velocidad de 300,000 km/s durante cuarenta años, teniendo en cuenta que la velocidad promedio de un avión comercial es de 0.3 km/s. Lo más desalentador para esta sed de conocimiento es que necesitaríamos otros cuarenta años para saber los resultados obtenidos con el regreso de los ancianos tripulantes, si no se mueren en el camino. Por otro lado, 40 años luz es una distancia demasiado cercana comprendiendo las inmensidades del espacio exterior. Se han descubierto otros planetas con alguna probabilidad de encontrar vida en ellos que se encuentran a cientos o a miles de años luz de la Tierra. Aunque no sea posible visitar Trappist-1, sí se podrá conocer con más detalle en poco tiempo, ya que en el año 2021 será puesto en órbita alrededor del sol el telescopio James Web3, sucesor del telescopio Hubble, y esto permitirá revelar más secretos de los cuerpos en el espacio y, por qué no, de la vida.

Para tener en cuenta y no irse tan lejos en el espacio, en nuestro sistema solar existe potencial de encontrar vida extraterrestre. Por ejemplo, si en algún momento de la historia de Venus existió un clima habitable con agua líquida en su superficie, sería posible descubrir alguna forma de vida bacteriana en su atmósfera donde se encuentre vapor de agua y temperaturas apropiadas4. En Marte también se ha buscado desesperadamente y se han descubierto moléculas de carbono que podrían ser utilizadas o producidas por organismos vivos5. Algunos científicos apuestan que existe también alguna probabilidad de encontrar vida en las lunas heladas de los planetas gigantes (Júpiter, Urano, Neptuno y Saturno)6.

Como la vida es un “pegote” difícil de quitar, alguna pista debe ocultarse bajo cualquier roca en el universo. Incluso, si acabáramos con toda la biota (plantas y animales) y convirtiéramos el paisaje en un ambiente muy árido, lo último que desaparecería del planeta sería la vida. Existen bacterias y arqueas que logran sobrevivir en ambientes tan extremos que desafían nuestros conceptos biológicos. Si pequeñísimos organismos como la cianobacterias oxigenaron y cambiaron las condiciones ambientales del planeta favoreciendo la diversificación de la vida, lo más probable es que después de desaparecer el humano, la vida volvería a “florecer” como ocurrió en el pasado. Tal vez sea preciso entender que se debe examinar el concepto de vida en un espectro muy amplio para poder encontrarla fuera del planeta. Grandes descubrimientos están en la puerta de nuestra casa, solo debemos abrirla.

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