HELIOS

 

Huitzilopochtli_V

Dios sol Azteca Huitzilopochtli. (Tomado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Huitzilopochtli)

El Dios de los Dioses egipcio, incluido en la mitología de todas las civilizaciones antiguas, tomó diversas formas. Femenino, benigno y protector; masculino, destructor. Es él quien permite la vida en la tierra y, si desaparece, lo haremos nosotros con él.

 

En Perú y el norte de Chile, Sol era Inti. El mito cuenta que todas las noches descendía al océano y volvía, por el este, rejuvenecido por el agua. Para los aztecas, Huitzilopochtli (colibrí), uno de sus dioses principales, representaba al sol naciente y en el cenit, mientras que Tezcatlipoca (espejo humeante) lo hacía del sol en el crepúsculo.

En Grecia, sin embargo, Helios no habitaba el lugar de los dioses, el Olimpo, sino que, al parecer, se representaba como un dios esclavo, que debía estar sujeto a otro, pues no se podía mover libremente por el firmamento. Es posible que por esto los antiguos astrónomos griegos concibieran un sistema geocéntrico, en el cual los planetas, el sol y la luna (considerada también un planeta) giraban en torno a la tierra. Sus explicaciones de los fenómenos del cielo por medio de este sistema dejaron más dudas que certezas con respecto al cielo.

No fue sino hasta 1543 que la teoría de Nicolás Copérnico de un Sistema Heliocéntrico, ya dada diecinueve siglos antes por Aristarco, empezó a tomar validez. En tiempos de Aristarco esta teoría sería muy revolucionaria y radical, no siendo tomada en cuenta; pero, después de que Copérnico la expusiera, los astrónomos se darían cuenta que explicaba mejor los movimientos planetarios y que, junto con las órbitas elípticas de Kepler (1609), se daba mayor precisión a las explicaciones, ayudando a crear un modelo exacto.

El sol y la Luna, para los antiguos, tenían el mismo tamaño y se encontraban a la

misma distancia de la tierra. Hoy, después de observaciones avanzadas de ambos cuerpos, se sabe que el sol se encuentra a una distancia de 150millones de kilómetros de la tierra (cuatrocientas veces más lejos que la Luna, aproximadamente) y que, sin embargo, es la estrella más cercana a nosotros, siendo Próxima Centauri la segunda, con una distancia 300.000 veces mayor a nosotros que el sol. El radio de nuestro sol es 109,3 veces mayor que el terrestre y en él caben un aproximado de un millón de planetas parecidos a la tierra. Su masa, 332.500 veces la terrestre, hace que alrededor suyo giren los planetas que conforman nuestro sistema por la fuerza gravitatoria. Pero, aunque parece enorme, el sol es una estrella realmente pequeña si se compara, por ejemplo, con la estrella Betelgeuse, Alfa de Orión.

La temperatura superficial de esta estrella alcanza los 6000 grados, haciéndola una estrella media típica, y del tipo G en la clasificación de los tipos espectrales de Harvard. La temperatura del núcleo puede alcanzar los 20.000.000 de grados. A estas temperaturas ningún material o elemento en estado líquido o sólido puede resistir más que unos segundos antes de evaporarse por completo, lo que hace que el sol, como las demás estrellas, sea una esfera de gas caliente en constante fluido. Está compuesta por un 70% de Hidrógeno y un 27% de Helio, el 3% restante corresponde a elementos varios y algunos compuestos. A pesar de su temperatura, el sol es una estrella relativamente fría si se compara, por ejemplo, con Sirio, de Can Mayor, cuya temperatura superficial sobrepasa los 11.000 grados.

 

El sol, al igual que las demás estrellas, fue formado por la compresión de materia interestelar en forma de gas y polvo en los brazos espirales de nuestra galaxia, la Vía Láctea, hace aproximadamente cinco mil millones de años. Nuestra estrella se mueve de dos formas: la primera de ellas alrededor de la galaxia, movimiento que se demora al menos 230millones de años, dando en su vida unas veinte vueltas. La segunda forma es la de rotación que, diferente de los cuerpos sólidos, se da con diferentes tiempos en los diferentes lugares, tardando así el giro un promedio de veinticinco días en la región ecuatorial y de treinta en los polos.

Aunque nuestra estrella madre sea una de tipo medio y no muy interesante, para muchos, es ella quien permite que hoy podamos vivir. Y es que por lo menos, como dice George Gamow (1942) “… todas las fuentes de energía explotadas por la civilización tienen origen solar.” (p.19).

Se calcula que cada centímetro cuadrado del sol emite, por lo menos, 6,2×1010 ergios por segundo y, aunque sólo un tercio de esta energía llega a la tierra, para nosotros corresponde, anualmente, a varios millones de veces la obtenida por la combustión de diferentes tipos de combustibles. La energía producida por el sol se produce en su núcleo en forma de protones, partículas de luz de muy alta energía por medio de reacciones termonucleares de fusión, en las que el hidrógeno se transforma en helio. Los fotones pasan a capas externas del astro por medio de diferentes procesos y se envían al espacio exterior.

Cuando se quema leña o carbón, se libera energía que llegó desde el sol. Esto se explica cuando, en presencia de anhídrido carbónico, las plantas reciben los rayos del sol y descomponen al primero en carbono y oxígeno, pasando este a la atmósfera y aquel al cuerpo de la planta. En la combustión se vuelven a unir. Sin la luz y energía solar las plantas no podrían completar este proceso, lo que causaría deterioro en las capas protectores de la tierra, aumentando progresivamente la contaminación y dando posibilidad a extinción a corto plazo de la vida.

La acción de nuestra estrella se aprecia además en los ciclos del agua, los niveles de fuerza de los vientos, las estaciones, las tormentas geomagnéticas, y las mareas o en las comunicaciones, con la luz ultravioleta.

Sin embargo, nuestra estrella morirá, como lo han hecho algunas otras. Irá en una consunción lenta de su Hidrógeno, pero, al contrario de lo que suele pensarse, no se quedará frío y oscuro como primer paso, sino que aumentará, continua y progresivamente, su luminosidad.  Se hace la suposición de que, al disminuir la cantidad del material “combustible”, se causará de alguna forma el aumento de la temperatura, provocando que las últimas partes que queden ardan con más fuerza y produzcan mucho más calor y energía. George Gamow (1942) dice que la radiación que llega a la tierra por el sol aumentará con el tiempo y “se habrá centuplicado cuando la cantidad de hidrógeno esté por reducirse a cero” (p. 138) Según cálculos hechos por el mismo autor, el radio solar tendrá que aumentar exponencialmente para luego decrecer lentamente. El calor será tan extremo que ningún ser vivo conocido hasta ahora podría soportarlo. Habrá, entonces, una posible evolución que acepte el calor extremo.

Después de la alta temperatura el sol parecerá una enana blanca, su diámetro angular bajará hasta el tamaño de Júpiter y la Luna llena se verá pobremente iluminada, aun cuando el sol ilumine mil veces lo que ella actualmente. La temperatura bajará a -200º y empezará la contracción. Después vendrá, posiblemente, la explosión del sol en forma de una nova. Este fenómeno se da cuando la estrella llega a su punto de máxima brillantez en un corto periodo de tiempo y, luego, se apaga. Además de eso cambian la temperatura de la superficie y, por consiguiente, el espectro de la estrella, indicando temperaturas de centenares de miles o millones de grados. Si esto le ocurriese al sol, la tierra y todos los demás planetas serían reducidos instantáneamente a gas sin tiempo de advertir el acontecimiento.

Sin embargo, estos cambios se prevén para, posiblemente, millones de años en el futuro, puesto que en lo que lleva de existencia la tierra, el sol, se calcula, ha perdido solo un uno por ciento de su Hidrógeno y la temperatura ha cambiado tan solo unos grados.

Así, el sol, venerado y tenido en cuenta siempre, algunas veces puesto en segundo lugar y sea una estrella relativamente normal, es principal promotor de que la vida en la tierra, tal como la conocemos hoy, sea posible. Aunque este y vaya a morir, como las estrellas que ya hemos podido observar, y con él mueran los planetas que hoy conocemos, esto ocurrirá en millones de años y, por ahora, parece, podemos estar tranquilos.

 

Para saber Más:

Gamow, G (1942) Nacimiento y muerte del sol. Buenos Aires: Editora Espasa- Calpe Argentina S.A.
Biblioteca Salvat de Grandes Temas (1973) Los Astros del Sistema Solar. en El sistema solar (pp. 52-97) Barcelona: Salvat Editores.
Parramón Ediciones (1994) Nuestra Estrella: el sol. Barcelona: parramón ediciones
Asimov, Isaac (1981) El Universo. Madrid: Alianza Editorial S.A.

 

 

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